Si por lo menos me dirigiera al extremo final de la noche. Como es sabido, no por pocos, la afrenta imposible del que huye muele cada paso, cercena. En Los elixires del diablo, Hoffmann desprende a Medardus de sus ropajes. Ninguno de ellos dejará de seguirle. Cada uno le impulsa a alejarse directamente hasta el pináculo más elevado del delirio y saltar. Considerando un momento apoteótico aquel en el que todo se retrueca y comienza la huida, quisiera no demorar más. Permitir a ese oscuro otro abordarme, después de todo, será precisamente él quien me muestre los pasos olvidados.
viernes
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