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No rememoro tiempos en que no fuera de noche, de manera que no he tenido jamás forma distinta para señalarte que no fuera este distraído y atento juego de una mano que no diviso. Giorgio Manganelli





viernes

Callar, justo detrás de cualquier arranque. Demorar mi lengua que salta, imprudente, imprecisa, rastrera. Si el lenguaje que se demuestra haciéndose propio es la carta de presentación que involucra en sociedad, prefiero construirme un lugar aquí mismo, donde las letras caen cual forros a la espera de una nueva e igualmente efímera posesión. Confieso que nada sé decir que atraiga la atención de los muertos. Mucho menos sabré ganar distancia próxima con aquellos venideros. Quiero hablar para demorar mi caída, dejando, mientras tanto, que unas extrañas e indominables lo hagan por mi. Pero eso sí, que no resurjan, que no tomen una posición más o menos parecida a la que tuvieron antes de dejarme. Las arrojo al vacío para que no vuelvan.





Siglos y siglos habían pasado. La lengua en la que esos libros habían sido escritos estaba muerta. Sin embargo, ellos recibían su llamado con una intensa emoción.

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