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No controlo casi nada de lo que puedo decir. La mayor parte de las veces, dejo que, como un ejercicio de perorata, surjan y, de alguna manera, vayan tomando sitio, aquellas que creo y después confirmo, son mis palabras. Poco me valdría asegurar que son producto apenas de un intento de despersonalización. Dejaría de pensar que detrás de una fachada inclusivemente bien orquestada, organizada mediante procesos lógicos y, a sabiendas, concienzudamente planeada, no existe más que ese sujeto polvoso y su cuerpo perecedero. Aquel, tanto mismo que yo, nos merecemos plena autonomía en relación con lo dicho. De otra manera, cada uno corre el riesgo de terminar acorralado, bajo las gruesas murallas que se construyen a partir de unas supuestas palabras amables que flotan. Autonomía más responsabilidad, puesto que las reconozco mias, protegen mi desnudez, mi silencio.



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